lunes, 6 de marzo de 2017

ANTONIO SAMUDIO PARA ARMAR. Juan Manuel Roca

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ANTONIO SAMUDIO PARA ARMAR

(Fragmento del libro “Los grabados de Samudio”, Ediciones Jaime Vargas, Bogotá 2016)

Juan Manuel Roca

Cuando se empieza a conocer la obra de Antonio Samudio en los  rumorosos años sesenta, también comienzan a despuntar algunos artistas que hoy son hitos de nuestra plástica, en medio de otras promesas que se quedan por muchos y complejos motivos largos de enumerar, a medio camino, a medio cumplir. Carlos Rojas, Santiago Cárdenas, Beatriz González, Bernardo Salcedo, o la injustamente olvidada Feliza Bursztyn, entre otros, afinan sus obras. Ya se han cimentado nuestros decisivos monstruos cardinales, para escamotearle una buena expresión a Marta Traba: Negret, Ramírez Villamizar, Botero y Obregón.
La aparición de una obra sin alardes, que podríamos llamar sin la más remota pizca de desdén como una estética de entrecasa, humilde y tozuda, discreta pero pertinaz, que no tiene las dimensiones de la obra pública de los dos grandes escultores colombianos (Edgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar), ni la vistosidad de las formas o del color de los más notables pintores (Fernando Botero y Alejandro Obregón), podría haber sido avasallada o fácilmente olvidada, de no haber tenido la impronta irrepetible que fraguó, lentamente y en medio de un elegido y empecinado silencio, Antonio Samudio.
Desde sus inicios eligió los colores planos, muchas formas angulares, formatos inusuales, un ascetismo de los volúmenes y señaló una clara  repulsa tanto a las texturas y a las arrugas como a los colores vibrantes. De no haber permanecido fiel a sí mismo, a sus obsesiones y a las incansables búsquedas formales de una voz pictórica más que de su subsidiario eco, sería otro de los muchos nombres de artistas insertos en el vago mapa del olvido, de la historia que pudo ser y no fue, de la inmensa legión de  pintores y escultores postergados. Como es el lamentable caso de Norman Mejía, que tras su vigorosa irrupción expresionista con “La horrible mujer castigadora”, y una exultante recepción por parte de la llamada crítica especializada, tuvo su cuarto de hora muy efímero. Se esfumó, salió del escenario, hizo mutis por el foro. En fin, como tantos otros...

Por fortuna y eso lo sabemos muy bien quienes tenemos su obra como un referente imprescindible en la plástica nacional y en la latinoamericana, a Antonio Samudio ni le va ni le viene su posición o su figuración en la historia del arte colombiano, ni los cánones ni los dictámenes a los que adhieren o excluyen su nombre, ni le van ni le vienen los aplausos efusivos o los dicterios.

Esa es una actitud inmodificable del pintor, una certeza renovada que lo acompaña desde su prehistoria pictórica. A los críticos. Pero también a algunos pintores –como Oswaldo Guayasamín o como Salvador Dalí-, no quiere verlos ni en pintura. Por fortuna, también, el pintor logró crear un mundo y unas formas sin entronques evidentes con el resto de la pintura latinoamericana, de este febril continente al que sin duda le iba mejor cuando el mundo era plano.

Nunca corrió tras las vanguardias, las pobres envejecen tan pronto, ni frente a los dictados de la metrópoli, -París, Nueva York o Londres-, no atendió a esos dictados que se impusieron al gusto agónico de muchos artistas que empezaron a tener, aún hoy lo tienen, casi como deber ineludible correr detrás de la historia, muy acezantes y posmodernos.

Hoy, la obra de Antonio Samudio se ha consolidado pudiéramos decir que casi a pesar suyo, desde una elegida periferia de los círculos del arte, al margen de las modas, de los museos y de las galerías, refractario a cualquier coloniaje cultural, como una piedra angular de la plástica colombiana.

Y él ni se da por aludido. Ni se inmuta cuando le recuerdo la sentencia de Max Jacob: “en el comienzo de toda carrera hay un milagro”.  Quizá porque milagros como los de su obra no se explican o, mejor, porque se explican a sí mismos, se informan a sí propios desde la antesala de su gestación hasta el último trazo o hasta la última pincelada.
Si de milagros hablamos, según María Zambrano, el filósofo no empieza a serlo más que cuando decide operarlos por sí mismo. Trasladado este aserto de la pensadora española a la pintura, también resulta veraz sin lugar a dudas: el pintor empieza a serlo cuando los opera por sí mismo.Una obra de arte no es otra cosa que un auténtico milagro. A lo mejor los artistas sean santos milagrosos camuflados, taumaturgos vestidos de civil.

Tras todas estas elucubraciones propias y ajenas mi amigo el pintor se hace el desentendido, el que es con otro, más aún cuando le digo algo del mismo buen poeta lírico francés, palabras que de alguna manera considero pertinentes para su obra y por supuesto para sus búsquedas permanentes de otras realidades: “existe algo en mí... que no es ni el sentimiento ni la inteligencia; es la necesidad de una locura armoniosa”.

Esa misma locura armoniosa es la que habita en los cuadros de Antonio Samudio.
Esa misma locura armoniosa ha hecho de él un eterno solitario que se atrinchera en su carácter y en su pasión.
Esa misma locura armoniosa lo hace distinto del resto de pintores colombianos.
Esa misma locura armoniosa le permite sacar de su cubil de mago los objetos más inesperados.
Esa misma locura armoniosa fragua al mismo tiempo un saboteo de la  más sumisa realidad y un saboteo de quienes presumen de gerenciar la mencionada realidad.
Esa misma locura armoniosa entra a saco contra una parvada de periodistas, de policías, de políticos, de educadores o de críticos que viven trazándonos las líneas rectas -y aburridas- que conducen a una espuria inmortalidad.
Esa misma locura amorosa lo hace desconfiar de la gloria, que según el viejo filósofo es el sol de los muertos.
Esa misma locura amorosa lo hace pasear por sí mismo, explorarse a sí mismo, bucear en su mismidad.
Esa misma locura armoniosa es la que lo hace un perito en sueños y en naufragios.
Esa misma locura armoniosa lo hace ver un mundo en una cafetera y un mar en los pozos del café.
Esa misma locura armoniosa lo hace repetir con uno de los proverbios del resabiado William Blake: “si el loco persistiera en su locura se volvería sabio”.
Esa misma locura armoniosa es la que le impide cualquier afectación, cualquier impostación, cualquier tipo de simulación de sensibilidad y de cultura.
Esa misma locura amorosa le permite ver en muchas de las estructuras geométricas de sus objetos un límite entre el vacío y el silencio, una frontera entre la quietud y la nada.
Esa misma locura amorosa produce contagio en quienes no tienen vendas para mirar, manos inertes para tocar, lengua muerta para saborear, oídos cerrados para bailar, olfato negado para mirar el paisaje del olor.
Esa misma locura armoniosa lo lleva a pensar con Amiel que el paisaje es un estado del alma y que lo inacabado no es nada. O, al menos, un pedazo de nada.

SERES VIVOS, ¿NATURALEZAS MUERTAS?

Lo que para muchos eran episodios familiares, lo que para algunos artistas podría ser terreno inmóvil, como las naturalezas muertas, siempre presentes en la selectiva variedad de temas que apasionan a Antonio Samudio, se convierte en una lección de sencillez artesanal puesta al servicio de crear un hecho estético de gran elaboración, aún en su escondido virtuosismo.
El quietismo, la apropiación de un mundo objetal sin querer darle más vida que la que tiene en el reposo, sin entrar en el animismo de darle un carácter analógico o simbólico a las cosas, se podría pensar que sería mejor un coto de caza para la fotografía y la captura del instante.
Pero ese quietismo de las cosas, o esos episodios humanos en los que no se nos oculta la anécdota, tienen una poderosa razón de ser plástica: el asordinamiento del color y de las formas sordas, acalladas, derivan en algo que se traduce en un largo monólogo. Y en la presencia elusiva o en el espacio alado del misterio.
Los personajes de Antonio Samudio no hablan, no gesticulan ni se hacen jamás estentóreos. Más bien parecen monologar en una soledad compartida. En una suerte de ensimismamiento. Parecen darle un límite al vacío. Y anclarse o encadenarse en el tiempo, que es lo propio de las puestas en escena que hace el pintor con sus figuras, a través de un discurso modelado y moderado que se ubica muy lejos del anhelo de enseñar o de predicar.
Ajeno resulta el arte de Samudio al verismo. “El realismo no es desinteresado. Tiene un dogma que proclamar, una teoría que defender” y ya sabemos, Bernard Berenson de por medio, que sobre ese fundamento de la verdad real, de la aspiración al realismo, están basados o erigidos los “nuevos órdenes totalitarios”. Ni para qué recordar el muermo del realismo socialista.
Nunca existe en el arte una verdad total. Y esto es algo que se aprecia en toda la obra del pintor bogotano. Pone en solfa siempre la verdad única, la realidad única, la representación única, los dogmas cerrados e indiscutibles.
Pero hay algo más sorprende en toda su obra. Es su mirada tan amplia y deslindante que no parece hacer muchas distinciones entre objetos y personas, de ahí que muchas veces los seres inmóviles de sus cuadros, más allá de sus morfologías propias del hombre corriente, (no me imagino a Samudio pintando íconos monacales o religiosos pues es ante todo un anti-cortesano), y también más allá de unas reuniones familiares bajo el ala gris del gregario tedio cotidiano, parecen participar de una suerte de actitud inanimada, como sus frutas y botellas y cafeteras.
Tienen algo de naturaleza muertas sus figuras humanas y hasta podría decirse que son retratos de unas historias tenues, de unas vidas calcáreas.
Dicen los científicos que las especies inferiores se mimetizan con las especies superiores. Les creo. En la pintura de Samudio hay una mimesis entre el hombre y la cosa, entre las entidades humanas y los objetos pero ya no sabríamos decir cuál de esas dos instancias es la especie superior que jalona el mimetismo.
Esos rostros hieráticos, y recuerdo que una vez Antonio se despachó un discurso emocionado sobre las estatuas de la Isla de Pascua, son también, lo repito, una suerte de naturalezas muertas, de parientes de los “bibelots” que los rodean, pero no rivalizan en protagonismos ni tienen mayor dignidad que las cosas inertes.
Un día lo escuché molesto porque unas manos de uno de sus personajes le habían quedado demasiado bien dibujadas, con un indeseado virtuosismo. Él prefería verles algo de racimo de plátanos, de anomalía física que no perturbara un entorno que podría deslizarse hacia un sentimiento de realismo trágico. Lo de Samudio es la tragicomedia humana. La mosca que se posa en la nariz del orador. El gusano de luz que aparece tras el mordisco de la manzana. El tropezón en la alfombra de la seguridad. El Eros quevediano lastimado o erosionado por la mirada picaresca.
En todo ello hay una sensación de quietud, de diván de seres expectantes. Sus protagonistas son hombres y mujeres, algunas veces niñas, que sobreviven y sobremueren en las horas que se deslizan lentas, con pasos de gamo.
La obra de Antonio Samudio semeja por momentos una gran sala de espera. Todo ocurre en cámara lenta, de una manera por momentos bekettiana.
Alguien mira por el ojo de una cerradura, como si se necesitara un filtro para ver en el otro la absurda condición humana. Otros personajes samudianos miran, casi siempre con perplejidad, a un oculto o familiar retratista que sin duda les debe estar enseñando un pájaro invisible.
Los goznes de las puertas, sus herrajes articulados tampoco se ven, pero hay algo en su pintura de su misma materia: son los que permiten abrir y balancear las hojas que separan el mundo del adentro y el mundo del afuera. Samudio hace las veces de cerrojo

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